LA CUMBRE DEL DOMUYO

La temprana decisión de no volver esta temporada al Aconcagua buscando la cumbre que se me negara el año anterior, como así tampoco ninguna otra que demandara tantos días de expedición, vino de la mano de una promesa que me hice: No dejar pasar el verano sin intentar una nueva cumbre de esas que me tienen nervioso desde los días anteriores al viaje.

El Domuyo -"es como un Aconcagüita" escuché decir a varios- cumplía muchas condiciones como para convertirlo en mi objetivo montañero para este verano. Estaba ahí el asuntillo pendiente desde que subiera el Lanin en Enero de 2006 y charlara con "el barba" (mi guía en el Lanin) sobre la posibilidad de ir a la semana siguiente al cerro más alto al sur del Río Colorado (o está al norte del Río Colorado? Bueno....al más alto de la Patagonia!).
Un año después de decidir no ir con "El barba", y como parte de una numerosa expedición del Grupo Travesías, lo intentaría, bajando antes, en una decisión de todo el grupo por el riesgo que suponía superar una pala de nieve de unos 40 metros, convertida en hielo que parecía vidrio. No fue en vano, conocí la ruta hasta los 4200 metros, entendí que volver sanito a casa permite volver pronto a una nueva montaña (o la misma), compartí otra gran salida con el grupo, conocí el encantador norte neuquino y hasta me bañe en "aguas calientes" en un río con aguas a la temperatura de mi ducha que nunca imaginé que existiera.
De todas maneras la ansiedad crecía y los motivos para volver a intentarlo se amontonaban. Es el más alto de la Patagonia, es una montaña querida por varias personas a las que admiro, llegar hasta su base supone transitar por una comarca formada por Andacollo, Huinganco, Las Ovejas, Varvarco... pueblitos alucinantes todos. Es un cerro que supera los 4000 metros que en si mismo ya propone una interrogante para cualquiera que no sea un montañero profesional o de tiempo completo. Etc., etc., etc....

La sola mención de la frase "Yo NO quiero que se me vaya el verano sin ir al Domuyo" allá por la primavera de 2007, motivó un "contá conmigo!" de parte de mi amigo Fernando. Contar con un socio así, a uno lo hace sentir "a tiro" de encarar cualquier desafío, por "peludo" que se presente. Lo que seguía era definir la fecha y no había mucho para elegir si pretendíamos no usar días de vacaciones. Cuando estuvo claro que era en Semana Santa sólo faltaba rezarle a "San Cepropa", "San Meteofa" y "San Windguru". No íbamos a ir, por doloroso que fuera desistir, si el pronóstico no era bueno. Si hablamos de la "cordillera del viento", (y encima con nuestra acotada experiencia) una cosa es que te sorprenda el mal clima y otra (que no nos íbamos a permitir) era ir a ver cómo el clima nos hacía pasarla mal (en el mejor de los casos). Con los planetas alineados, y el momento de la partida decidido, a último momento vino a sumarse Victor, para agregarle valor a la empresa que encarábamos. Víctor Castro ya había salido conmigo al Tromen y habíamos compartido la cumbre en esa oportunidad. Además de ser de esas personas que para hablar al pedo no hablan y cuando hablan rara vez le erran, conoce mucho de la zona (ríos, montañas, parajes, caminos) lo cual lo enriquece a uno a cada rato aprendiendo nombres, ubicaciones. Para sumarle un dato "Al gaucho", ya dos veces había hecho cumbre en este cerro.

A los hechos

Partiendo de Neuquén y con mucho mate de por medio, el primer destino era Chos Malal para cenar y pasar la noche. Al día siguiente desarmamos rápido y a las 8 ya habiendo desayunado partimos para recorrer los últimos kms. que nos faltaban hasta el lugar donde se deja el auto (antes paramos en Turismo de Varvarco a registrar nuestro ascenso). La caminata empezaría a las 12:30 para llegar al primer campamento a las vaya a saber cuanto (una vez más, cuando me decido a completar el relato, algunos datos menores ya no están en mis recuerdos). Un largo día para apreciar el marco de ese paraje bien resguardado de los vientos y que se encontraba bastante concurrido con varios grupos con intenciones de cumbre en una de las últimas chances de la temporada de verano (por ahí anda dando vueltas algún loquito amigo que se propone encararlo en invierno "con todo lo que haga falta para hacerlo invernal").

Para llegar al campamento, una vez que se abandonan los autos a los 2400 metros de altitud, se remonta el cauce del arroyo Covunco y después de algunos minutos de marcha dejando a la izquierda el puesto de la familia que suele dar el servicio de mulas en la zona, se aprovecha un par de piedras bien grandes que hacen las veces de puente para no mojarse las patas, y se abandona la margen izquierda del arroyo para que de ahora en más la senda vaya siempre por la margen opuesta, margen que recién se abandona al llegar al campamento. Van de a poco apareciendo lagunitas con el transcurrir de la senda y si bien todo el tiempo se sube con todo el peso requerido para la movida, en las espaldas, la marcha se hace llevadera y la expectativa aumenta mientras uno avanza y espera que las laderas del Domuyo, que permanece oculto desde la quebrada que transitamos, vuelvan a aparecer ante nuestros ojos.

Una vez en el Campo Base, supongo que alrededor de las 16 hs, quedaba buena parte de la tarde para disfrutar del folklore montañero, mirar el cielo esperando que todos los pronósticos del clima no fallaran, ubicar nuestra carpa en el mejor lugar libre, ponernos cómodos, buscar agua, ver a la gente que ya estaba ubicada en el campamento y a la gente que iba llegado, que dada la época del año y el fin de semana largo, podía, escapando de obligaciones laborales hacer un intento a esta cumbre. De a poco se fue poblando la zona y quedamos entre un matrimonio de Trenque Lauquen que recién venía de arriba (habían subido más temprano al campo alto a acompañar a 7 amigos que intentarían mañana la cumbre), y dos flaquitos de Cipoletti que estudian en Bariloche Educación Física y estaban acompañados por el padre de uno de ellos. Dos personajes (con cierto parecido a "los muñecos de la cordillera blanca peruana") con algunos años encima que rompiendo con cierto molde que uno supone del Domuyo, arribaron al campamento en mula. Interesados por saber "que pito tocaban" llegamos a escuchar sus conversaciones con alguna otra gente y el plan era la cumbre, tomándolo con tooooooda la calma del mundo. "Nuestros ritmos son otros, asi que vamos a estar lo que haga falta" dijo uno. Más tarde llegaron algo desperdigados 2 flacos y 3 chicas de Bariloche. Y un poco más lejos se ubicaban los 5 (mix de Ushuaia y Capital) que ya conocíamos con su Traffic porque habían dormido cerca nuestro en el camping municipal de Chos Malal, la noche anterior.

De a poco fue llegando la noche y algo de frío. Fer, como ya es casi una costumbre -que no se hasta donde la festeja-, preparó la cena para los 3. Comimos amuchados entre la pirca y la carpa y nos metimos pronto a la bolsa de dormir.

22 de Marzo:

A las 6:30 chilló la alarma y algunos con menos apuro que otros fuimos vistiéndonos y saliendo de la carpa en busca del desayuno, aún con la luz de la luna llena sobre nosotros.
Ya de día comenzamos a subir (8 am) hacia el campamento alto a ritmo tranquilo, dado que íbamos con toda la carga. Al primero que encontramos bajando fue el padre de uno de los chicos de Cipolletti que habían dormido al lado nuestro en "las lagunitas". A los 4000 metros se había sentido mal y habían seguido los dos chicos mientras él bajaba.
Nos asesoramos un poco con un hombre que acampaba en el mismo lugar donde hiciéramos noche nosotros un año atrás y seguimos al campamento más alto que no resulto ser el que yo pensaba, pero Victor era "el jefe" y tenía claro dónde había pasado la noche cuando sus dos cumbres anteriores. Al pasar por los 3800 msnm, vimos primero las carpas vacías del grupo de Trenque Lauquen y algo mas arriba (y a la derecha de la senda) ya instalado el grupo mix de capital y Ushuaia, que viéramos el Jueves en Chos Malal y el Viernes en "El Playón" cuando arrancábamos a caminar. Se nos habían adelantado en la partida esa mañana. Después de un cruce de palabras con Víctor sobre cuál era el verdadero "campamento de 3800" nos despedimos con un taxativo "nosotros vamos más arriba" de nuestro jefe, que después completaría solo con nosotros con un "no quise entrar en polémicas".
Seguimos superando la altura del Campo Alto más conocido para así llegar a los 3940 metros donde 2 pircas vacías nos esperaban para que nos ubiquemos en "nuestro campamento de 3800" (para no decir que los otros tenían la razón). Llegamos 11:10 con casi todo el día para que el cuerpo se hiciera amigo de la altura, nos dedicamos a ver subir y bajar gente y a los "quehaceres domésticos". Ya no estamos a los 2040 ("estacionamiento") sino a 3940 msnm. Primero bajó uno de los de Trenque Lauquen intimidado por la misma "pala" de hielo que nos bajara a nosotros el año anterior a los 5 que llegamos del grupo. Más tarde, también bajaban los 5 de Bariloche que venían con el dato de que no hacia falta usar grampones. Sólo una de las chicas los llevaba y uno de los flacos nos pidió un par para poder, él también, intentar la cumbre. Le di los míos, y décimas después el arrepentimiento y la sensación de no haber hecho lo correcto me invadieron. Rato más tarde cuando habían partido, charlábamos con los chicos y la conclusión ahora sí fue unánime "Ah! No trajiste grampones? Bueno hacé así: bajá, traelos y subí con tus propios grampones" . Ya era tarde para lamentos en mi caso, pero quizá esté a tiempo para aprovechar la experiencia y aprender para la próxima.

El día pasó "haciendo agua", tomando mate, viendo pasar gente, aclimatando y preparando el equipo para el día siguiente. Después de que pasaron para abajo los barilochenses (y de recuperar mis grampones), bajaron los dos flaquitos de Cipo y nos contaron lo duro que se les había hecho (más que nada la bajada) y por último los únicos dos de Trenque Lauquen que hicieron cumbre.
Dejamos lista la comida para el día de cumbre y casi al mismo tiempo los fideos que hizo Fer para cenar. Una vez que dimos cuenta de la olla, nos "guardamos" urgente para no tomar frío y mientras Fernando lee "La tabla de Flandes", Victor pone música y yo escribo estas líneas del "cuaderno de bitácora", el viento....el viento hace de nuestra carpa Doite Pro Aconcagua una verdadera batidora, y Sabina le pregunta a vaya saber quien "¿Como te has dejado llevar a un callejón sin salida?". Todo esto ocurre mientras el reloj indica las 20:30 hs.

23 de Marzo:

4:30 a.m. el despertador parece haber aprendido a hablar y nos grita un desesperado "argentinos a las cosas!". El sonido de la alarma suena en mi caso como la campana del último round para el peleador que recibe una paliza que no cesa. No hubo forma de dormirme por un lapso decente de tiempo. Y el viento sumado a la cantidad de cachivaches que puse en la bolsa para resguardarlos del frío -que no fue tal- se las arreglaron para no dejarme dormir nada. La noche incluyó una salida en medio de las ráfagas para un pis que pedía a gritos salir. Aunque no hay mal que por bien no venga. Volví a la bolsa con la tranquilidad de que el viento no era tanto como la carpa nos hacía sentir y que si bien estaba frío, no era gran cosa. A las 5:30 comenzamos a andar, dejando atrás el campamento armado y un desayuno calentito. En menos de una hora nos topamos con lo que nos había (o al menos ME había) llenado de dudas durante todo el día anterior, el mismo escollo que un año atrás nos hiciera cambiar la cumbre por un baño calentito en Aguas Calientes y una buena cena en Las Ovejas: el planchón de nieve ubicado apenas se deja atrás "la montura" y se toma hacia la izquierda.
Una vez que lo grampones estaban puestos, no quedaba más que hacer de tripa corazón y probar al menos cómo estaba la cosa.
Con más miedo que otra cosa y tratando de que éste no me dejara duro, fui avanzando apoyándome sobre la superficie en 4 patas y apoyándome también en los comentarios tranquilizadores de Víctor que, más arriba, ya casi salía de esta zona. Desde más cerca, llegaba el aliento de Fer que mezclaba con indicaciones escuetas sobre si debía usar las zonas que él había transitado o si mejor las evitaba porque desde su posición podía ver nieve más blanda y evitar así los manchones de hielo. El final del miedo tenía premio porque una vez sentados en un sitio seguro, el amanecer que ya estaba con nosotros hacía unos minutos, empezaba a mostrar ese naranja intenso allá bien lejos, y algo más cerca, en suelo mendocino se recortaba la silueta bien definida de lo que creemos es "El Payún". Un buen rato para relajarnos sirvió también para las fotos y para "recuperar el centro" y saber con exactitud por qué estábamos donde estábamos. (A esa pregunta instantes antes mi respuesta no se hubiera hecho esperar... "por boludo!!!").

Lo que quedaba de camino decidimos hacerlo con los grampones dado que en casi toda la senda la piedra suelta, pero a su vez pegada por el hielo, suponía la posibilidad de algún porrazo. En mí no cabía otro estado en todo el cuerpo que el del disfrute y creía ver lo mismo en los gestos de Fer y Víctor dado que sin apuros, habiendo superado el tramo más complicado, en perfecto estado de aclimatación y con buen clima sólo nos dedicábamos a subir y a hidratarnos. Superado el escalón que parece ser el fin del camino desde toda la senda, aparece el verdadero final, luego de una travesía de unos 300 metros rematada por una pequeña elevación que ahora sí constituye el punto más alto del Domuyo y de la Patagonia.

9:20 a.m. fue la hora de cumbre, lo cual da con buen clima la posibilidad de hacer todo lo que muchas veces se deja de lado por la hora, el cansancio o el clima. Fotos desde todos los ángulos, solos, juntos, videos, dedicatorias y abrir la caja del libro de cumbre de gusto porque sin lapicera nadie escribe nada.
Ya a punto de bajar y habiendo comprobado que no conseguíamos señal en nuestros celulares, buscamos algo más abajo un reparo para comer y tomar algo. Cuando el frío empezaba a molestar, empezamos la marcha para ir cruzándonos con el resto de la gente que intentaba el mismo día la cumbre. En cada cruce las recomendaciones y las felicitaciones de rigor, y ya cuando dejamos atrás a los últimos dos el lugar y el momento fueron propicios para lo que Víctor llamó sin mucha creatividad pero con cierta grado de veracidad, "la deposición más alta de la Patagonia". Esa ventaja también me la daba lo holgados de tiempo que estábamos. Otra vez en el planchón de nieve y hielo, aunque ahora un poco más pisoteado, me encontraba frente a lo único que no me permitía la alegría y la tranquilidad absoluta hasta ese momento. Otra vez muy julepeado y tratando de no medir mucho el golpe que podía darme porque ya estaba "embarcado" en la tarea, fui yendo de a poquito y traspirando muchísimo. Eterno se hizo el trámite, y al tiempo que por fin llegaba la paz, en tierra firme, Fernando remató con un "fue como hacer 2 veces cumbre, no?".
Ahora sólo quedaba ponerle empeño porque habíamos decidido que la noche nos encuentre fuera del Domuyo, y de eso estábamos muy lejos, tan lejos que todavía no tomábamos dimensión. Llegamos al campamento alto y mientras almorzábamos, desarmamos todo y cerramos las mochilas para arrancar antes de que la modorra siestera nos complicara la vuelta. Entre bostezos y restos fósiles fuimos pasando por los campamentos altos que son más habituales que el nuestro, para llegar al que fuera nuestro campamento base donde apenas quedaban algunos restos de comida y zapatillas de repuesto; los juntamos y seguimos desandando el largo trecho que quedaba hasta el playón.
Solamente con el arroyo Covunco de testigo puteamos hasta en arameo esperando encontrar esas piedras "mellizas" detrás de alguna de las curvas del paisaje, pero las curvas ya habían sido infinitas y las piedras que sirven de puente para el arroyo no aparecían. A esta altura ya estábamos solos con Víctor y en una especie de pacto tácito ni puteábamos, ni hablábamos. Apenas cambiábamos alguna mirada para parar a tomar agua y cualquier otro gesto que supusiera gastar energía, lo evitábamos. Fernando se había adelantado hacía un rato porque su ritmo hacía que nos pisara los talones todo el tiempo. Sin ánimo para nada excepto para "huir" volvimos a juntarnos con Fer en el Playón. Un rato antes nos habíamos cruzado con un muchachito (de la familia del puesto) que nos confesaba que se moría por comer algún caramelo dado que hacía varios días que estaba ahi. "Se los compro" dijo como último recurso, pero no teníamos más que fruta para ofrecerle. Una vez con Fer, decía, tiramos todo en el auto y algo después de las 20 hs, y con apenitas los últimos rayos de luz, comenzamos el regreso.
La prioridad que tenía para mí el comer mucho y rico fue quedando relegada a manos del cansancio. Y todo tenía un por qué supongo: 4:30 am habíamos salido de la carpa, durante toda la noche no había podido dormir y siendo las 21 hs el motorcito seguía en marcha tratando de ayudar a Fer en el laburo de no ir a parar al carajo en el camino de montaña que a esa altura era todo oscuridad. Ya en el punto en que comer me importaba nada, Fer sugirió saltar Varvarco y seguir a Las Ovejas, si en el primero no conseguíamos comida. Ni mi cara ni mi respuesta deben haber gustado mucho porque Fernando solo atinó a decir: "sos igual que yo, con sueño no te aguantas una mierda", quedando el asunto resuelto. Se dormiría en Varvarco. Una vez que llegamos, la encargada de las cabañas que manejan entre la Comisión de Fomento y la Dirección de Turismo de la provincia, nos indicó como llegar al complejo de cabañitas y luego de unas cuadras de avanzar hacia donde nos indicara, nos dimos cuenta que nos seguía corriendo detrás del auto para llegar junto a nosotros. Y nada de indumentaria de atletismo, de po-lle-ras! No hubo forma de que subiera al auto y sólo para el camino de regreso a su casa Fernando la convenció de llevarla en auto.
Comimos medio a las apuradas algo de sobras, tomé agua casi con desesperación y a dormir. NO, no! No me faltó nada, me juzgará Dios cuando llegue la hora, pero si el hambre de mucha comida y rica quedó postergado culpa del sueño, sabrán entender que el baño más aún. Digo me juzgará Dios porque quien haya levantado la cama ya me habrá juzgado y recordado por un buen tiempo. El baño sería lo primero de la jornada siguiente. Nadie es perfecto.

24 de Marzo:

Luego del baño, el desayuno y después de cargar todo en el Peugeot y dejar la llave sobre la mesa y la cabaña abierta (esas delicias cada vez más impensables para nuestro citadino existir) llegó el momento de viajar. En el caso de mis compañeros, quien sabe... En mi caso, el momento de saborear el regreso con la mochila llena de cumbre (como dice Guille), el momento de aprovechar todo lo lejos que queda el norte neuquino de la capital de la provincia para kilómetro a kilómetro sentirle el gustito a lo conseguido. En el último tramo sería por la ruta que tantas veces transitamos, pero al principio, regalándole a cada sentido paisajes y pueblitos únicos como los del Norte Neuquino. Esos que ojalá pudiéramos ver más seguido. Esos que ya recorrí el año pasado aunque sin la cumbre en las espaldas. Esos que hace un año me impactaron y hoy confirmo que no fue casualidad. El año pasado, con algún color diferente porque la cumbre nos fue esquiva, pero esto mismo nos dio tiempo en la otra oportunidad para bañarnos en Aguas Calientes. Esta vez sin aguas termales pero con cumbre. Diferentes caras de una moneda que es hermosa por donde se la mire. Allá voy entonces muy feliz y algo orgulloso a abrazar a mi amor que me espera en Neuquén.

                                                                                                                                                             HC